| ||
|
Modernizar por las armasEl error conceptual es el mismo que denota el argumento original de Samuel Huntington, según el cual la guerra entre civilizaciones reemplazará a las guerras entre naciones: trata a las civilizaciones como entidades políticas responsables, capaces de entrar en guerra. El choque de civilizaciones implica asuntos culturales, pero las guerras tienen causas políticas y las llevan a cabo los gobiernos, o incluso grupos no estatales, con propósitos tangibles y sobre la base de las decisiones que toman los líderes responsables. La teoría también interpreta mal el factor de cambio de las sociedades. Cambian, pero sólo cuando el cambio se genera dentro de la misma sociedad. Tiene que ser una conversión intelectual que afecte a los valores. En la situación actual, el problema de Occidente --el problema norteamericano, en particular-- reside en que su cultura política democrática es un elemento singular dentro de un enorme paquete de valores seculares, una gran mayoría de los cuales son implacablemente hostiles a los valores básicos de la religión islámica ortodoxa, y por supuesto a la religión en sí. No es por accidente que, sobre una gran cantidad de cuestiones relacionadas con los valores internacionales, haya existido durante muchos años una alianza implícita entre las autoridades musulmanas, las iglesias católica y cristiana ortodoxas y las instituciones y los líderes judíos ortodoxos (y algunos otros). Esta alianza ha sido influyente e incluso decisiva en muchas deliberaciones internacionales. En cuestión de valores, las líneas divisorias no son principalmente geográficas, sino culturales y religiosas. Esto es así incluso en sociedades donde la religión formal ha perdido seguidores y se ha convertido en algo parecido a una reliquia cultural. Puesto que esta reliquia creaba realmente los valores de la sociedad, suele pervivir una versión, aunque transmutada, muy poderosa de dichos valores, transformada en presunciones o prejuicios seculares que perpetúan los elementos esenciales de la religión histórica. Los suecos, por poner un caso obvio, en su mayor parte ya no van a la iglesia. Pero la realidad política y cívica de la sociedad sueca muestra rasgos profundamente luteranos de austeridad, probidad y rectitud (incluso autorrectitud, razón por la cual a Suecia le suelen resultar molestas las relaciones de amistad con naciones menos éticas). Puede que los escoceses no vayan a la iglesia con la asiduidad de antaño, pero los valores presbiterianos siguen representando una fuerza social, al igual que los valores y las nociones sociales católicos de solidaridad en la Francia y la Alemania poscatólicas. Éste es el motivo por el que la Unión Europea defiende obstinadamente el llamado modelo social europeo. Los intelectuales islámicos comprenden (y así lo decían en un informe de las Naciones Unidas del año pasado) que su sociedad ha sufrido un terrible fracaso en el intento de encontrar acomodo en las ideas progresistas y la cultura científica del mundo occidental moderno. Este fracaso es todavía más amargo cuanto que, en la baja Edad Media, el mundo árabe estaba intelectual, científica y tecnológicamente mucho más avanzado que Occidente, y era el custodio de la filosofía griega clásica y de la especulación científica. Sin embargo, este fracaso no se enmendará con otra derrota militar infligida por Occidente. Dicha derrota sólo intensificará lo que Occidente percibe como fuerzas negativas con incidencia en el mundo islámico. La fuerza de modernización real del islam actual puede acabar siendo la resistencia a Occidente, o para ser más preciso, la resistencia a Estados Unidos e Israel. De hecho, la civilización islámica mediterránea, persa y de Asia Central ya ha sido cambiada por Estados Unidos y Occidente, pero de una manera que a Occidente no le es particularmente grata. La revuelta fundamentalista islámica de Irán, por ejemplo, puede haber sido finalmente un evento modernizador, al quitarse de encima el control exterior y afirmar una identidad iraní perdida durante generaciones y capaz, a su vez, de establecer su propio acomodo al mundo moderno. Los activistas de Al Qaeda son, en su mayoría, personas instruidas con experiencia occidental. En otro contexto, su movimiento podría denominarse prerrevolucionario, señal de la determinación de una élite joven para reemplazar a los viejos y fracasados líderes. Si nos servimos de la historia como guía, todo cambio dramático que se produzca en la sociedad islámica será inducido por los que resistan al desafío occidental; no por quienes colaboren con los gobiernos occidentales. Las sociedades cambian más a menudo por la violencia que por las buenas ideas. |
|