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Diplomacia de foto

Omar El Kashef Calabor
Ya resuenan los tambores de guerra por doquier, cuando la nueva raza aria de los anglos y los sajones se erige como defensora de los valores occidentales en todo el mundo y, curiosamente, yo me siento más inseguro que nunca. Lo lamentable es que la defensa de Occidente se está realizando en detrimento de sí mismo. Aquí y allí y gracias a esta prepotencia diplomática de la que hacen gala los prohombres de nuestro tiempo, todo lo que tenga que ver con Occidente se ve con creciente odio en esas culturas lejanas que no comprenden por qué deben alinearse con unos valores que son tan legítimos como su propio modo de vida. En estos momentos en los que el suelo tiembla cuando los misiles tomahawk calientan motores es menester recordar las palabras de uno de los perros de la guerra de Bush, el presidente de la República (ahora sí) italiana: “es indiscutible que los valores de Occidente son muy superiores a los del mundo árabe”. Las palabras son arrastradas por el viento, pero la memoria persiste.

En este sentido parece ser que nuestros gobernantes (ya no nuestros representantes) piensan que la ciudadanía se ha vuelto estúpida de golpe y se le puede soltar cualquier placebo para que asuma la inevitable guerra. Aquí yo digo que, al contrario, es el gobierno que rige nuestros destinos quien ha perdido el rumbo, y en un tiempo récord. Nuestro ejecutivo está literalmente arruinando nuestra doctrina de política exterior por dos frentes que a mi juicio resultan alarmantes. Por un lado nos estamos alejando de nuestros socios europeos, concretamente el eje y columna vertebral económica e industrial que son Francia y Alemania (recordemos que sin ellos no hubiese existido la CECA en 1948 y, por ende, tampoco la CEE del Tratado de Roma), que son quienes literalmente nos dan de comer. Es indiscutible que Europa son ellos y que toda periferia, como España, Italia, Grecia, Irlanda etc. son prescindibles desde el punto de vista económico. Bien, si los fondos de cohesión estaban a un paso de cerrar el grifo, ya estamos a medio. Por muchas que hayan sido las concesiones de EEUU en la lucha contra nuestros particulares terroristas, nada es en comparación con la ayuda que necesitamos y que nos puede prestar Francia en estos momentos. Primer traspiés de este gobierno errático. No podemos renunciar a nuestro origen europeo, cundo han sido tantos los años de lucha por entrar en este club. Es tiempo de que Europa se sacuda los complejos de la Segunda Guerra Mundial, que nos quitemos de encima los chantajes de las ayudas que EEUU prestó al aborto surgido de la gran guerra. Deberíamos sentirnos indignados por el hecho de que Powell nos recuerde a estas alturas la generosidad del Tío Sam con el Plan Marchall. Ojalá que Aznar sepa pronto dónde ubicar sus lealtades y sus prioridades, pero que recuerde que por mucho que se ponga de puntillas para salir en el retrato, no dejará de ser un españolito bajito, de esa España que está en Europa (a menos que decida pegarnos a EEUU y convertirnos en uno más de sus Estados.

El otro gran error de esta España ávida de reconocimiento internacional es el haberse alineado indiscutiblemente con la hegemonía estadounidense para colmar sus necesidades de vanidad de Estado. Cierto es que desde la pérdida de las Américas, España no ha tenido absolutamente nada que decir en el foro internacional y que éste es un país proclive a los complejos históricos, a la envidia paleta y a la imperiosa necesidad chabacana de fardar más de lo que se tiene. Y éste es precisamente el camino que ha escogido el glorioso gobierno de las Españas, a saber, convulsionar sus tradicionales relaciones internacionales para subirse al carro de la notoriedad que otorga el estar a los pies del gran tiranosaurio americano. No creo que salir en la foto o fardar de amigo influyente sea la mejor manera de inspirar una política internacional de un país que bien podría tener un papel esencial por el lado opuesto. Pero ¿qué es el lado opuesto? Es sencillamente la diferencia entre el “ser” y el “deber ser”, y es que España debería hacer honor al puente que supone entre las milenarias culturas de Occidente y Oriente, entre la buena vieja Europa y el menospreciado mundo árabe. Es lamentable que entre estos dos conceptos añejos y complicado deba mediar un recién llegado cuya historia no llega siquiera a los cinco siglos. Es lamentable que unos advenedizos con pretensiones imperialistas por gracia de la indiferencia y la mediocridad ajena sean los que escriben los renglones por los que debemos discurrir. Y España, lejos que hacerse valer y revivir el espíritu de Toledo y de Al-Andalus, de volver a tender su único y precioso don que es la cercanía de dos mundos, el conocimiento y la tradición de una historia marcada por el mestizaje y el intercambio, de buscar las vías para el acercamiento como ella sola podría hacer, lejos de todo ello digo, decida tornarse en el otro perro de la guerra de EEUU.

Llámenme egoísta, pero desde que esa idea es la que inspira la política personalista y chauvinista de José María Aznar I, yo me siento más inseguro que nunca, porque los que ayer no nos veían como enemigos hoy nos tienen en su lista negra. Yo uso el metro, el autobús y paseo a menudo por las calles de mi ciudad y odio la posibilidad de que, por una nefasta casualidad, empezara a salir gas por los conductos de ventilación del metro, o que estallara un autobús en marcha, sólo porque es señor Aznar gusta de salir en fotos y “cofirmar” resoluciones de la ONU que le son impuestas. Si él quiere, que se arrodille, que busque el consenso para la guerra (pues para eso y sólo para eso lo anhela), pero que no arrastre a todos los ciudadanos de bien de este país que a pesar de los siglos reconocen aún los lazos que les unen histórica y culturalmente con el pueblo árabe en general y el irakí en concreto.

No a las dictaduras y, mucho más, no a la guerra en el nombre de nuestras libertades cuando la zanahoria que impulsa al asno no es más que el latente chapapote negro que yace en la antigua Babilonia.

Ante la Guerra, Actua